Carta al embajador Brewster

Le escribo, mi estimado embajador, con el propósito de revelarle las razones implícitas que yacen en la respuesta del presidente Medina a su reciente pronunciamiento sobre la corrupción. Como ha sido un tema tan manoseado, prefiero ir a lo sustancial.

Con el mismo sarcasmo del presidente Balaguer cuando era emplazado a explicar la muerte de cientos de jóvenes en sus gobiernos de terror, Danilo Medina le reta a citar nominalmente los casos de corrupción de su gobierno, como si usted fuera su procurador. En esa fanfarronada apela a una socorrida maniobra retórica de los viejos dictadores latinoamericanos cuando se veían acorralados por el clamor público: contestar con una pregunta o poner al interlocutor a responder; una forma cínica y eufemística de refutar.

Estimado Brewster, lamento decirle que el presidente Medina tiene razón. Demandarle a un político dominicano que admita la corrupción de su gobierno es una pretensión tan osada como fallida. Es pedirle a una madre que acepte la fealdad de su hijo o a un ciego que cuente las estrellas de la noche. En este país no se conocen antecedentes de confesiones públicas ni los mea culpa o desagravios de sus gobernantes; nunca ha existido esa entereza. Pero además a usted le faltó considerar los patrones que rigen culturalmente la corrupción en una sociedad en franca disolución institucional.

Señor Brewster, en este país la corrupción manda, decide, impone, condena, absuelve, licita, negocia, trafica, compra, vende, elige y revoca; es cultura, sistema, condición y, para algunos, religión. El PLD nos puso a convivir con ella: a respirarla, a sentirla, a domesticarla y hasta desearla con los mismos apetitos adictivos que desata una droga. Dudo que el sistema vigente opere razonablemente sin ella, porque la “democracia” económica se ha construido sobre su lógica, premisas, inmunidades, arreglos y colusiones. Un ordenamiento dominado por reglas claras le importa a muy poca gente, estimado embajador, por una verdad tan llana como lapidaria: la política ha planificado la anarquía al justo modelo de las estructuras mafiosas y el caos, como negocio, reditúa exponencialmente. Sin ese torcido diseño del statu quo, grandes intereses colapsarían.

La corrupción afecta genéticamente el sistema. Es un engranaje colosal que le da vida y riqueza a la burocracia. Tan compleja es su maraña, que identificar casos particulares es como contar las olas del Pacífico. La corrupción es un estado de cosas, un todo unitario, una filosofía, una cosmovisión. En una maldita sociedad política donde sus aspirantes pagan hasta dos millones de dólares por una candidatura legislativa se revela la hondura de su corrosiva penetración. Para el presidente eso no es corrupción, sino cultura política; sus estándares de ética pública, señor embajador, responden a esa formación indulgente. Basta recordar cómo logró su reelección.

No se sorprenda, mister Brewster, de que mientras el presidente de la República se rasga la vestidura por su “imprudente” imputación, a las recepciones sociales de su propia embajada acudan, como nobles señores, oficiales militares o policiales activos y retirados con villas en Casa de Campo a pesar de sus dos mil dólares de sueldo; políticos y comunicadores que, sin una carrera empresarial notoria ni relevante, se ufanan de sus pujantes negocios, y aun jóvenes funcionarios que con menos de 45 años presentan sin bochorno declaraciones patrimoniales de siete o diez millones de dólares.

Me río con ganas viscerales cuando veo en las revistas sociales a poderosos contratistas, concesionarios y negociadores del Estado (que en menos de veinte años ya amasan fortunas de tres generaciones) posando con usted en los jardines de sus estancias en agasajos de lino, tapices colgantes y descorches espumantes organizados para alucinarlo y de paso acreditar poder frente a la sociedad o disipar los rumores libertinos sobre sus confusos negocios. Le puedo contar con detalle sus historias. Sospecho que usted y su compañero aceptan con ciertos reproches esas invitaciones por puro protocolo diplomático. Cuídese, mister Brewster, no dudo que lo envuelvan en sus cofradías cuando usted decida retirarse de la carrera diplomática. Pregúnteles a sus predecesores, algunos de los cuales son cortesanos de esos intereses. Detrás de esas fortunas, mi querido Brewster, duerme la misma corrupción que usted husmea en los sumideros políticos.

Usted, mister Brewster, no se ha preguntado cómo un país que en los últimos quince años ha reportado un crecimiento económico promedio del 5.4 de su PIB (líder en la región) sea uno de los más desiguales del mundo, cuya pobreza se ha mantenido estática mientras decrecen críticos índices de desarrollo humano con relación a otros que hace apenas cuatro decenios salieron de cruentas guerras civiles. ¿Ha visitado usted un hospital dominicano? ¿Sabe usted, señor embajador, que 46 familias se reparten algo más del cincuenta por ciento del PIB? Como usted es un activista social, le invito a dar un paseo por las laberínticas callejuelas que ramifican los promontorios humanos apilados como piedras a la orilla del Ozama o por las polvorientas calles de Elías Piña y Pedernales, pueblos fantasmas donde apenas se escucha el bostezo del hambre. Esa es la pobreza ancestral que ha prohijado la corrupción, la que consentimos indolentemente con nuestro silencio, miedo y complicidad.

Pero, a pesar de la ceguera del liderazgo político y la indiferencia ciudadana, no todo está perdido; se pueden hacer proezas éticas en la gestión de la hacienda pública. Lo que falta son voluntades visionarias con determinación y coraje.

Señor Brewster, su gobierno durante muchos años apoyó a mandos militares y oligarcas como freno al avance de ideologías “sediciosas”. El mundo ha cambiado, sin embargo los intereses que sus gobiernos tutelaron siguen incólumes en esta isla. Nada ha cambiado. Comprendo la preocupación de los Estados Unidos por la seguridad e integridad de sus inversiones, pero creo que llegó el momento de reparar y de pedirle a las elites políticas y económicas dominicanas un mayor compromiso con el futuro del país, ese futuro que el gobierno se traga de un solo bocado. Ante un ministerio público servil y un sistema judicial apocado y asustadizo con la corrupción, solo nos queda la cancelación del visado como sanción moral a esa impunidad que niega el presidente Medina. Créame, mister Brewster, que muchos de esos magnates le temen más a ese riesgo que a una sentencia de un tribunal dominicano. Ellos controlan los resortes del ministerio público. Si sus intenciones y la de su gobierno son sinceras, empiece, señor embajador, a cancelar visas y de paso a activar los instrumentos legales de intercambio fiscal. ¡Le juro que les dolerá!

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